LÍRICA POÉTICA

Hacia Plusencia

Ela Homjer

El 
-dijo él, sin pensar 
La 
-dijo ella, sin dudar 

¿Cómo puedes decir ‘el’? 
-dijo ella, pensando 


¿Cómo puedes decir ‘la’? 
-dijo él, dudando 

¿Cómo podemos decir? 
-dijeron pensando y dudando 

 

 

Entonces digo ‘la 
-dijo él, accediendo 
Entonces digo ‘el 
-dijo ella, condescendiendo 

¿Cómo podemos decir? 
-dijeronjugando y riendo – 

Yo soy hombre. 
-dijo él- 
Yo soy mujer 
-dijo ella- 

¿Qué somos?, 
¡que no hombre, que no mujer! 
dijeron, vaciándose de ser- 

¿Qué somos?,
¡que no hombre, que no mujer!
dijeron, hastiándose de su ser-

¡Ela Homjer!
-dijeron,
jugando y riendo,

bebiendo de su ser- 

POESÍA ANTROPOLÓGICA

El llamado es el momento en que el poeta es interpelado a poetizar. Es la expresión del fatum de la experiencia poética.

La correspondencia es la reacción del poeta ante la interpelación. Corresponde a las formas primeras de la sensibilidad subjetiva del poeta ante el llamado a poetizar

El mensaje es lo escuchado por el poeta. Este fenómeno manifiesta al poeta como un medium entre lo no humano y lo humano.

Son las formas subjetivas que quedan en el poeta tras la experiencia poética. La estructura psíquica del poeta es impactada  transformada luego de la experiencia poética genuina. Intelectual, emocional y conductualmente el poeta ya no es el mismo que otrora.

El Llamado

¿Qué llama el llamado? 
¿Quién se ha alterado? 
¿Qué es lo deseado? 
¿Qué es lo mandado? 
¿Qué es lo detestado? 
¿Qué es lo conminado? 

¿Acaso no se llama con fundamento
 
cuando lo dicta el pensamiento? 

¿Acaso no se llama nítido
cuando llamar necesito?

¿Acaso no se llama de veras
cuando tener lo que no tienes quisieras?

¿Acaso no se llama claro
cuando viajamos entre lo usual y lo raro?

¿Acaso no llamamos con persistencia
cuando reluctamos abstinencia?

¿Acaso no llamamos con brío
cuando lo llamado entra en lío?

En un millenario surco, 
acuñado por el eviterno carrusel del agua,
un racimo de casas tomaba turno. 

Y como el derrame del tiempo 
a todo mantel pone mancha,
seniles casas costraban
el seco zigzaguear de distancias. 

Para no distraer el pensamiento, 
sólo basta saber que,
como siempre, de pronto, 
apareció, extrañamente traída,
una mujer en pleno alumbramiento. 

Así como el terremoto quiebra lo lento,
sin nombre, el último recién llegado,
mirando a los ojos,
robó el aliento. 

Fue la vieja partera,
quien primera el espanto probara,
cuando la pupila que recién se asomaba,
con persistencia, en la de ella se clavara. 

Los presentes, al ver tal cosa,
echaron a reír nerviosamente.
Tal vez para echar el miedo a una fosa,
quizás para descargar su frente. 

Más pronto que pronto
el miedo se repartió como poco.
Espantando la nada de llanto,
subyugaba la llamada de su ojo. 

Los presentes al sufrir tal encuentro,
sintieron su latir de sobresalto.
Tal vez por el miedo a lo siniestro,
quizás por miedo al resalto. 

Y a su mirada cabeceante
se rendían las miradas circundantes.
Como súbditos obedientes 
de un tirano aberrante. 

Y así como al terremoto lo quiebra lo lento,
aún sin nombre, el último recién alejado,
mirando a los ojos,
dejó el aliento. 

Cuentan que todos los aquella vez presentes,
echaban en llanto
cada vez que se les miraba de frente,
porque decían otra vez ver
esa mirada de espanto. 

Todo porque sienten que aquel engendro 
puso toda su vida en ese su mirar,
como si fuera el anuncio de un siembro,
como si fuera lo que tenía que pasar. 
¿Qué es antes de la pregunta lo preguntado? 
¿Un enigma acaso?
¡Para quien tiene de enigma hambre,
Una pregunta corre por su sangre!
¿Será esto un fracaso? 

¿Qué es antes de la pregunta lo preguntado?
¿Algo oculto acaso?
¡Si no hay de quién ocultarse.
Lo oculto no puede darse!
¿Será esto un fracaso? 

¿Qué es antes de la pregunta lo preguntado?
¿Alguna nada acaso?
Y si de la nada, nada puede zafarse,
¿Cómo lo oculto podría brindarse?
¿Será esto un fracaso? 

Parece por el momento
Que lo aún no preguntado
No tiene monumento,
Más sí, llamado. 

Un llamado algo molesto,
Porque desde su danza con lo indimensionado,
Se le convoca siempre presto,
Cada vez que sea pensado.

Y lo que antes andaba libre y suelto,
No siendo simplemente,
Ahora anda preso y sujeto,
queriendo y no queriendo, caprichosamente.
Pero en esta espléndida aurora 

En que mucho hemos comprendido,
Pronto llega la siempre hora
De caer en el nuevo no entendido.

¿Cómo comprender la presa,
quieta y dormida,
sin el cazador,
que le da vida?  

¿Cómo pensar que lo antaño libre
Y ahora preso,
Me dejará inerme,
Y hacerme el leso? 

¡Cómo añoro el libre pasar de los momentos!
Ahora que, por querer hacerme el gallito,
¡quizás por el viejo amor al volcán, al trueno y los vientos,
Fundido quedé por siempre a las preguntas en granito. 

¡Ahora me doy cuenta!
Ahora que nadie me va a salvar,
Que todo era una trampa cruenta,
¡Que preguntar es prejuntar! 

La Correspondencia

Se entregan las hojas a su fe, 
y el aire, sin culpa, juega con su botín. 
El cielo se desgrana con sed, 
y las nubes, sin causa, se desangran a morir. 

Y las hojas me resbalan 
cuando el aire toca mi cara. 
Y las gotas me empapan 
tejiendo de agua mi capa. 

Caminan las personas por donde suelen. 
Y el camino los lleva crespos y lentos. 
Trabajan las personas en donde den. 
Y el trabajo los llama locos y cuerdos. 

Y la gente, sin ojos, me atropella 
cuando vienen en manada. 
Y los trabajos mugrosos me querellan, 
cuando, de hambre, quiero una rebanada. 

A veces pienso que estoy demente, 
Justamente cuando pensando me sorprendo 
en las hojas, el viento, el trabajo y la gente, 
por fuerzas que quizás no comprendo. 

A lo mejor, la única o poca gracia que tenga 
todo este desvarío temporal, 
es que no puedo decir que no me entretenga, 
y tampoco que me haga mal. 

Lo malo es que se trata de un dúo: 
de una cuestión que no domino; 
creo que puede ser un monstruo, 
quizás uno embriagado con vino. 

Sin siquiera pensarlo, 
de pronto, me ataca con furia. 
¡Tanto!, que llego a detestarlo, 
y quema mi garganta la voz espuria. 

Tan violento como un asalto, 
me roba hasta la mirada, 
cuando, inocente, le falto; 
y no me dice ni ‘de nada’. 

De hecho, ahora, envuelto en lana, 
somnoliento y cansado; 
cuando no sé si es hoy o mañana, 
aún sigo atado. 

Por eso, cuando siento que un nuevo ataque 
se aproxima con destino, 
amo el nuevo jaque, 
y ante él me inclino. 

¡Un misterio hay que resolver! 
¡Una pregunta hay que entrever!
¡Una respuesta hay que saber!
¿Cómo saber? 

¿Qué misterio hay que resolver?
¿Qué pregunta hay que hacer?
¿Qué respuesta obtener?
¿Cómo saber? 

La respuesta a la pregunta por el misterio
Saber dice tener,
¿Cómo saber? 

La respuesta a la pregunta por el misterio
Zaver también dice tener,
¿Cómo saber? 

¿Cuál de los dos la razón tener?
¿Cuál de las dos respuestas responde bien?
¿Cómo saber? 

¿Si es la una, la otra lloraría con desdén?
¿O si es la una… la otra puede también?
¿Cómo saber? 

¿Y ahora cómo el lío deshacer?
¿Cómo saber?
 

Se entregan las hojas a su fe, 
y el aire, sin culpa, juega con su botín. 
El cielo se desgrana con sed, 
y las nubes, sin causa, se desangran a morir. 

Y las hojas me resbalan 
cuando el aire toca mi cara. 
Y las gotas me empapan 
tejiendo de agua mi capa. 

Caminan las personas por donde suelen. 
Y el camino los lleva crespos y lentos. 
Trabajan las personas en donde den. 
Y el trabajo los llama locos y cuerdos. 

Y la gente, sin ojos, me atropella 
cuando vienen en manada. 
Y los trabajos mugrosos me querellan, 
cuando, de hambre, quiero una rebanada. 

A veces pienso que estoy demente, 
Justamente cuando pensando me sorprendo 
en las hojas, el viento, el trabajo y la gente, 
por fuerzas que quizás no comprendo. 

A lo mejor, la única o poca gracia que tenga 
todo este desvarío temporal, 
es que no puedo decir que no me entretenga, 
y tampoco que me haga mal. 

Lo malo es que se trata de un dúo: 
de una cuestión que no domino; 
creo que puede ser un monstruo, 
quizás uno embriagado con vino. 

Sin siquiera pensarlo, 
de pronto, me ataca con furia. 
¡Tanto!, que llego a detestarlo, 
y quema mi garganta la voz espuria. 

Tan violento como un asalto, 
me roba hasta la mirada, 
cuando, inocente, le falto; 
y no me dice ni ‘de nada’. 

De hecho, ahora, envuelto en lana, 
somnoliento y cansado; 
cuando no sé si es hoy o mañana, 
aún sigo atado. 

Por eso, cuando siento que un nuevo ataque 
se aproxima con destino, 
amo el nuevo jaque, 
y ante él me inclino. 

Si sigo algo, 
y lo sigo sin querer ser visto,
Me llaman ‘adicto’. 

Pero si entonces no lo hago,
y por ello soy visto,
me llaman ‘vago’. 

Ahora sí que estoy en problemas,
porque no sé si ser un vago o un adicto. 

Además, si hago algo,
y por ello quiero ser famoso, 
me llaman ‘vanidoso’. 

Parece que lo que queda
es que no haga nada,
y que tampoco en ello sea reconocido,
porque ahí sí que estaré cocido. 

Parece que el problema no tiene camino,
una madeja que se teje cuando miento,
cuando de sólo solo al público aliento,
cuando importarme debiera un comino. 

Ahora parece que transito por puentes,
que van desde la memoria al olvido, 
que dejan atrás los hombres con lentes, 
los que caminan dormidos. 

No quisiera parecer insolente
cuando falte a la tradición
que queda impotente
cuando digo ‘proclinación’. 

Repito:

no quiero insolente parecer, 
Aclaro: 
insolente debo ser. 

El Mensaje

En un pequeño mercado, 
de una pequeña ciudad,
de un pequeño país,
de un gran continente,
en pleno gran fragor laboral,
un raudo trabajador tropezó con un repollo. 

Y como junto a él rodante llegó…
¡maldito repollo! –lo golpeó con la voz-.
de arrojarlo sin tino, trasoculto quedó. 

Al finalizar la jornada, en medio de gorriones, tiuques y jotes,
más luego que tarde del acabar de embriagarse,
remecíanse sus sesos tras el espléndido bote
del mismo endemoniado repollo, que rodando parecía burlarse. 

Volaban las pesadas plumas del desdichado replumífero,
¡maldito repollo! –lo asesinaba con tenor-.
Y así, de verlo con vinosu víctima vida cobró.
Pronto, con una vegetal voz aquél se quejó: 

Escapo del dolor porque tengo una misión.
Desde la cabellera de la media luna fértil mi linaje se vertió,
para hacer posible esta cesión.
Una antigua ancianaque de tanto hablarnos,
de la sordera salir nos hiciera, 
algo encerrado nos confesó:
¡somos repollos también!
 –dijo a mis ancestros, sin importar el que entendiera-. 

Y el hombre – de sin tino ver-,
sin párpados, maldad creyó oler,
Arrojó a la pila de fuego tal fealdad
para su espanto desaparecer. 

Cuentan que desde entonces tal hombre
cuando camina, no gusta de llevarse;
y cuando reposano gusta de traerse. 

Es más, cuentan que quiere olvidar su nombre.
Todo, por miedo a caerse en un hoyo,
cuando se pregunte qué hay entre él y el maldito repollo. 
Una diestra recolectora  
pulpeaba los racimos,
que resignados se desmedraban
ante la agilidad de las yanopatas,
estreno de la despiadada devoradora. 

Desde abajo,
sin 
pupila,
celosa miraba,
orgullosa y encerada, 
una cebolla, al pie de la parra, enterrada. 

¿Cuánto habrá que esperar para que
en dos patas se ponga a gustar?
-pensaba la cebolla algo alterada- 

¡Tal vez las trece lunas del gran ciclo vital tendrán que pasar!
¡Cuando el fin de la vida llegue a comenzar!
-pensaba la cebolla algo angustiada- 

¡Esas pobres uvas sólo son pasar!
¡Yo soy un quedar! 
-pensaba la cebolla algo consolada- 
Tiempo mucho en que el hombre 
de los dulces frutos comía.
-cuando el dulzor colma el pasar,
sólo interesa estar- 

Tiempo mucho en que la mujer 
de los amargos frutos huía. 
-cuando el acerbo inunda el paladar,
se distrae el estar- 
Creo que el péndulo es un mutante, 
uno que toma formas diversas.
De pronto me parece un triangulante, 
otras veces, un arco y sus flechas. 

Sin duda es un aparato motivante, 
pareciera que no se mueve; 
pero se mueve incesante, 
¡Qué descueve! 

El péndulo canta en trino.
Un lado jala el jalón del otro,
como la sorda danza del destino
como la bella y el monstruo. 

El péndulo también es un dueto ejemplar.
Entona la guerra permanente
entre lo que sube y lo que tiene que bajar,
cantando su tregua constante. 

Y si nos ponemos belicosos,
demás está decir que el péndulo es un flojo: 
Espera y espera al ocioso.
Y, aprovechándose de él, camina cojo. 

Por eso yo creo que –sin ser pretencioso- 
este extraño artilugio es también judoca, 
porque usa la fuerza del otro
cuando embauca al curioso.

Lo que es ya indignante con este pelafustán

es que además es un descarado mentiroso,
porque de eternidad se quiere arropar,
cuando su baile es sólo pegajoso. 

Las hormigas nos dijeron ya hace mucho
que la incansable muerte se debe a una silenciosa arpía, 
de la que es imposible hacerse el cucho,
porque aunque te escondas, siempre te alcanza la entropía. 

Y para seguir el pelambre y los reclamos, 
podemos ponernos fijones e indiscretos.
Y cuando en su vaivén nos fijemos,
observaremos su secreto. 

Si tenemos paciencia suficiente,
veremos su bailar pasajero.
Tal vez lo veamos como pobrecito y carente,
Tal vez lo veamos como bravuconcito y pajero. 
El reloj de arena funciona con tres: 
un lado, el otro y él. 

El reloj de arena se emociona por tres: 
ama ganar y odia perder, 
pero perdona su ser. 

El reloj de arena es un pincel: 
una vez que recibe su miel, 
tiene que perderla para poder ser él 

El reloj de arena no sabe qué es: 
vive su anverso, 
mas no su revés. 

El reloj de arena es estéreo: 
el desde y el hacia, 
unidos con puentes etéreos. 

El reloj de arena es un vampiro: 
chupa la sangre del otro 
para mantener el respiro. 

El reloj de arena tiene es tuerto: 
puede ver el pasar tiempo, 
pero no ve que camina muerto. 

El reloj de arena comercia no bien: 
¡gana para perder!
El reloj de arena no comercia mal! 
¡pierde para ganar! 

El reloj de arena sabe disfrutar:
¡al fin y al cabo da lo mismo el balancear! 
¡La cuestión es jugar! 
¡Ah, aahaaah! 
-cantaba sin pensar- 
¡Claro está! 

¡Oh, oohoooh! 
-O cantaba sin pensar-  
-¡Cómo no! 

¡Ah, aahaaah! 
-O escuchaba sin entender-  
¡Claro está! 

¡Oh, oohoooh! 
-A escuchaba sin entender- 
¡Cómo no! 

¡Oh, oohoooh! 
-A repudiaba sin querer-  
¡Cómo no! 

¡Ah, aahaaah! 
-O repudiaba sin querer- 
¡Claro está! 

¡Ay, ay ay! 
-A y O veían sin ver- 
¡Es lo que hay! 
¿Por qué no “o”? 
Después de todo, muéstralo total:
del principio al final. 
-dijo el círculo, orgulloso de su perfección- 

¿Por qué no “a”?
Después de todo, muéstralo vital:
como exhalando vida real .
-dijo la estrella, orgullosa de su bondad- 

¿Y por qué no “oa”?
Después de todo, muéstralo cabal:
Como lo uno vital.
-Dijo la ameba, orgullosa de su ecuanimidad- 
Blandiendo voces de calado disonantes, 
María y Mario conversan de cuando en vez. 
Buscando quién de los dos se nombra antes, 
se preguntan cuál será el orden y cuál el revés. 

Es claro que soy lo primero.
-dijo Mario entero-
Y que tú vienes después
-dijo con madurez- 

Pero… ¿dónde está lo claro de tal cosa?
-dijo María recelosa-
Dímelo primero y te creeré luego
-dijo sin mucho ruego- 
“ El ” 
-dijo él, sin pensar- 
“ La ” 
-dijo ella, sin dudar- 

¿Cómo puedes decir ‘el’? 
-dijo ella, pensando- 
¿Cómo puedes decir ‘la’? 
-dijo él, dudando- 

¿Cómo podemos decir? 
-dijeron pensando y dudando- 

Entonces digo ‘la’ 
-dijo él, accediendo- 
Entonces digo ‘el’ 
-dijo ella, condescendiendo- 

¿Cómo podemos decir? 
-dijeronjugando y riendo – 

Yo soy hombre. 
-dijo él- 
Yo soy mujer 
-dijo ella- 

¿Qué somos?, 
¡que no hombre, que no mujer! 
-dijeron, vaciándose de ser- 


¿Qué somos?,
¡que no hombre, que no mujer!
-dijeron, hastiándose de su ser-

¡Ela Homjer!
-dijeron,
jugando y riendo,

bebiendo de su ser- 
El Reloj de arena es como ela homjer: 
Hay desdencia entre el nacimiento a vejez. 

El reloj de arena no es como ela homjer:
Cuántos granitos de arena, 
en uno sí y en el otro no se puede saber. 

Después de todo un reloj de arena sí es como ela homjer:
¡Ni las rocas más orgullosas pensarían
 en contar las arrancadas escamas de su piel! 

¡En verdad un reloj de arena es como ela homjer!:
¡No tendríamos ganas de contar
 nuestros granitos de arena! 

Lo Quedado

Un famoso arquitecto, 
con orgullo mostraba su creación predilecta,
la más empinada belleza de lo recto,
sobre el horizonte, la más grande línea recta. 

Y como siempre el diablo metiendo la cola,
un buen o mal día, depende de qué se mire, 
su torre al ser tan alta y quedando sola, 
pareció avergonzarse de lo que mide. 

Con un crujido de espanto,
la gigante torre le dio por inclinarse. 
al parecer su creador estalló en llanto 
E intentó suicidarse. 

En plena soga al cuello,
pensaba en su creación arruinada, 
y en cómo nunca saldría de ello, 
incluso si apareciera una hada. 

Hay algo de sorna y de maldición
en esta macabra historia, 
que muestra cómo puede llegarse a la perdición 
cuando nos atormenta la gloria. 

Lo más terrible de todo
es que el pobre arquitecto 
no llegó a comprender el desastre ni su modo, 
que es el mismo por el cual él y su torre abandonaron lo perfecto. 
Vuela el cóndor como sólo él sabe volar. 
Sin esfuerzo flota paciente. 
Pace el cóndor como sólo él suele estar. 
Sin serlo luce suficiente. 

Por las alturas el que más anda, 
desde que antaño una deuda contrajo. 
Y con tan sólo una bufanda 
se pasea por donde ni un carajo. 

El de todos los cóndores padre 
se afanaba por comer lo que escaseaba. 
Yacía casi moribundo de hambre, 
e ignoraba el resto de vida que le quedaba. 

En negro completamente tejido, 
¡qué pena daba tan espléndido especímen! 
Por algo decían todas las voces ya en olvido: 
“¡Más belleza sería un crimen!” 

Como viere uno que estaba antes de los tiempos, 
Intu, de los que fabrican el universo, 
y de los que soplan los vientos, 
salvóle la vida al ponerlo en ellos inmerso. 

Y como todo acto piadoso oculta un trueque, 
la belleza de su semblante y su cabal negrura, 
fueron para el dios su trozo de queque, 
y para el cóndor, su irremediable sed de altura. 

Y como todo suceso importante 
con un símbolo queda guardado, 
ltal blanca bufanda a su cuello circundante 
reúne lo faltante y lo otorgado. 

¿Para qué tanta hermosura, 
cuando habitarás la altura?
-dijo Intu consolando al cóndor afeado- 

¡Tan alto llegarás que allí no habrá 
quién goce tu primura! 
-dijo, resobando al cóndor desplumado- 

¿Para qué ser siervo de la tierra, 
cuando tu danza adorarán los aires? 
-Dijo, animando al cóndor atrapado- 

¿Para qué huir de las fieras, 
cuando con sus carnes serán como tus madres? 
-dijo, avivando al cóndor liberado- 

Ahora mirar todo lo puedes, 
porque para ti amanece primero. 
-repensaba el cóndor ahora con cuello recto- 

Ahora gustar todo lo puedes,
porque para ti llega postrero. 
-asimilaba el cóndor su, ahora, alimento predilecto- 

Ahora tu reino se ensancha, 
hasta donde lo solo ha de llegar. 
Cuando todo se vuele mancha, 
tu pupila penetrante ha de velar. 
-se erguía el cóndor, con más intelecto- 

En una resguardada tarde de invierno, 
la vieja abuela, siempre rodeada de sus tiernos, 
hablaba de cosas extraordinarias 
que alguna vez ella supo por medios eternos. 

Ahora les contaré una historia asombrosa
-decía prometedora con su garganta rasposa
Una historia que cuenta tanto como podamos aprender,
Una historia que prende fuego si lo dejamos encender. 

Nuestra familia tal y como la ven ahora,
es una flor que lleva mucha tierra;
de la que ensucia y que pena,
de la que dona y devora. 

Alguna vez fuimos algo distintos
quizás más peludos y menos limpios,
quizás más torpes y menos lindos.
quizás más sueltos y menos desvíos. 

La abuela de mi abuela,
luchó con gran valor, 
contra la sed, el hambre y las ratas. 
¡Tanto que le sangraban las patas!

Ella dio origen a todo nuestro linaje, 
cuando se esparcieron de ella sus natos. 
Y poblaron la tierra siempre con peaje, 
fundando su clan, los Patos. 

Los Patos reinaron con gran esplendor, 
grandes hazañas hicieron por todo lugar, 
Sus pisadas llenaron el verdor,
y la tierra parecía para ellos su hogar. 

Pero su raza tenía destino natal,
pronto su forma habría de cambiar, 
¡Hasta su número natural
Iría a mutar! 

Y abrazando lo que viene, 
echaron abajo sus cuatro pilares, 
repartiendo lo que muere, 
estrujaron hasta los males. 

Y así como en la carne se impone la sangre, 
los Patos ya no pudieron ser lo mismo. 
El destino los engulló con su infinita hambre 
cayendo en las fauces de su abismo. 

Así, la nieta de la abuela de mi abuela
nació en suelo quemado,
aquel que te congela
cuando tira los dados. 

Los Yanopatos, en extremo inteligentes, 
continuaron batallando, sobreviviendo.
Entreviendo lo conveniente, 
brotaron como agua hirviendo. 

Se cuenta que, una vez, el yanopatos más sabio, 
pensando su ralea,
gritó sin mover sus labios 
que pronto vendría una nueva marea. 

Como un destello que mata
se percataron con tristeza y consuelo 
que no eran más que una amalgama 
entre el cielo y el suelo.  

De este modo, como siempre,
como lo más pesado no se siente,
dejaron lugar a su simiente,
que enterraría a su propia gente. 

Y entonces al no poco rato,
como si fuera magia real, 
lo que alguna vez fue Yanopato, 
ya no lo es cabal. 

Por eso, mis queridos hijos,
vean todo lo que ha tenido que pasar. 
Y cuenten lo que su abuela les dijo, 
para que sus manos puedan no sólo agarrar. 

Y escupiendo el dulzor de una gota de uva,
a una cebolla dio mascada,
abrazando su picadura,
avanzó con gigantes zancadas.

Ahora es tu hora,
paciente amiga,
ahora que podemos llorar
.
¡El reinado de los Nopatos ha de comenzar! 
-dijo para terminar- 

¡Qué felicidad cuando niño mirar! 
Con pupila transparente las cosas solían pasar. 
El viento soplaba y la sombra parecía quitar. 
Mirando de frente el mundo se fundía al estar. 

¡Qué tristeza cuando ya no niño mirar! 
Con pupila opácea las cosas solía manchar. 
Con manchas oscuras que las hacen quedar, 
como esqueletos que acompañan mi madurar. 

¡Qué repugnancia cuando adulto mirar! 
Con pupila agria las cosas solían fermentar. 
Con hedores pútridos que hacen vomitar, 
las ojeadas pudren lo que quiere germinar. 

¡Qué fragancia cuando no adulto mirar! 
Con pupila reacia las cosas vuelven a pasar. 
Con perfumes tenues que hacen respirar  
olores antiguos vueltos a gustar. 

¡Qué felicidad cuando de nuevo mirar! 
Con pupila quieta las cosas se ven mostrar, 
cuando pasando se hacen llegar, 
El viento, la sombra y el mar.